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Capítulo 16: La noticia.

Ese amanecer fue tardío. Distante. Lejano. El sol no se presentaba por ningún lado como si tuviese vergüenza o pena. La noche fue fría -¿cómo no serla?- si el viento corre presuroso al costado del río, atraviesa las montañas cobijado por el ala del cóndor, desciende por lagunas y valles para alcanzar con su último halito un patio trasero. Moribundo, escaso de fuerzas en sus piernas de neblina me ve dormido. Camina expandiéndose poco a poco y cuando intenta abrazarme, desesperadamente hablarme aunque solo sea un leve susurro, se desvanece. Las gotas de lo que fue quedan rondando en el denso ambiente de la mañana. Me observan desde la pared al rodar. Camino hacia la entrada cuando veo mi celular. Un mensaje escrito en horas de penitentes sombras. Vuelvo mi vista a mi alrededor, el guardia con un grueso buzo se fuma el cigarrillo del desayuno en el portón principal. Abro el mensaje. Sé lo que dice sin leerlo, sé la esencia de su texto, la confirmación de lo que siempre supe que pasa...

Capítulo 14: Llegada a Zamora.

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La carretera que une Loja con Zamora, en algunos tramos pareciese convertirse en las terrazas de las montañas. La cima se presenta tan cerca dando la sensación de que pasaremos por encima de ella. Anoche llegó a mi cabeza un verso: “Yo era para ella, en la medida que ella era para mí” y mientras cruzamos el paisaje nos brinda un sinfín de árboles de copas anchas y gran tamaño, lianas que cuelgan libremente al filo del abismo, las rocas, la quebrada y todo aquello que me invita a crear el poema que dice así: Yo era para ella En la medida que ella era para mí ¿Cuántas noches yo le tuve? ¿Cuántas noches le viví? Su indómito cuerpo Madre selva mil sabor Virgen, pura, fresca Paisajes vestidos de flor. Conquistador de sus praderas Investigador de su belleza Fui dueño de su tierra Sus ríos, sus riberas. Fuiste infinitamente mía Al eclosionar en un solo ser Tu alma dubitativa Divergió de mi querer Te amé como yo nunca Te besé mil veces bien ...

Capítulo 10: El americano.

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Caminando junto al cauce del río llegamos a aquella casona colonial que nos habían recomendado. Entramos por un pobremente iluminado pasillo hasta esa barra que hacía las veces de recepción. Un anciano gordo con el cabello totalmente blanqueado nos recibió. Su rostro tenía dibujada una expresión dolida, fría y distante. Nos saludó a secas mostrando un carácter hostil de autoridad. --Le pagamos a la noche. Su rostro no se inmuto en lo más mínimo, ninguna mueca de aprobación o negación se le formó. Debe estar acostumbrado a nosotros. Frente a él deben haber pasado tantos que no somos más que una gota en el océano de todos sus huéspedes. Frente a esta barra han de haber pasado vendedores ambulantes, mendigos de semáforos y aceras, ex convictos en proceso de rehabilitación con la salida negada del país, artesanos con o sin rastas, malabaristas, músicos, gente que va y viene dándole vueltas al mundo sin parar en la nómada vida de “rodar y rodar”. ¿Qué no habrá visto ya? Es alguien...

Capítulo 8: Mangueo.

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He vuelto a la casa temprano. Los días están feos para trabajar en la calle, la lluvia aparece a cada instante y se prolonga por horas.  Todos están pegados al televisor sin mucha esperanza que escampe. El día gris mantiene a todos pusilánimes viendo las horas pasar. La novedad ha sido que David, el parcero, se ha intoxicado de tanto beber aguardiente. Todo el día acostado en su colchón con un balde a su lado y quejidos constantes. Le han ayudado con algunas infusiones y se niega a tomar pastillas. Se resiste también de ir a un hospital. --No voy a ir. Prefiero sufrir aquí a que me inyecten allá. Se lo deja solo en su penuria. De cuando en cuando alguien sube a socorrerlo. --Che, a la noche no llegás—bromea alguien al verlo. De repente alguien grita en la sala “hace hambre” y “el negro” de un salto se pone de pie y saca una bolsa de mercado de la cocina. --Yo voy. Durante los días que he estado aquí, comida siempre ha habido. En el almuerzo hubo un cal...

Capítulo 5: El primer poema de la calle

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Recostado en una baranda del parque veo los buses llegar e irse. Ya se han subido dos vendedores de dulces, un guitarrista y un rapero. Al estar allí en las gradas no encuentro las palabras adecuadas para subir. Es un miedo absurdo que tengo de encarar al chofer. Cinco “no” consecutivos. Algún error debo estar cometiendo, tal vez no me entienden a lo que me refiero cuando digo: dar una poesía. Doy mi brazo a torcer y me regreso temprano a Baños. “Aprende a sacarle el dinero de la calle.” Son las palabras de Florencia que retumban en mi cabeza. Este día no ha sido el mejor para alcanzar aquello. Estoy aún lejos de alcanzar la supervivencia, el tiempo corre y el dinero se agota. Luis A. Martinez, reconocido escritor ecuatoriano conocido por su novela: A la Costa. Nuevamente intento vencer a los buses pero el fracaso me tumba para atrás. Esta vez tengo una nueva estrategia que pienso mientras camino. Julián me ha dado un consejo que estoy dispuesto a tomar. Sacó de...

Capítulo 4: Hospedajes.

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Hay un tipo de hospedaje que no se encuentra en ninguna página de internet. Lugares donde se puede pasar una cómoda y agradable noche sin requerir de hacer check in , mucama o mucho menos una llave de habitación. Gracias a Florencia y Julián tengo el gusto de conocer a la Casa de Martha. Construcción de dos pisos donde en su planta baja funciona un hostal sin letrero donde sus huéspedes llegan gracias a las indicaciones que se dan en el boca a boca o porque antes han estado aquí. Cuatro habitaciones con dos camas cada uno, colchones en la sala, cocina comunitaria, televisión por cable, una mesita con cuatro sillas en medio de la sala, un baño con agua caliente, Wi-Fi y una pila para lavar ropa. Todo esto por el módico precio de 2.5 dólares ¡Dos cincuenta! —Las habitaciones están vacías —me indica Florencia señalando— esa es la nuestra, y en la de acá está el parcero. Julián se ríe en esta última parte y mientras camina hacia su habitación agrega: “Ya verás cuando conozcas...

Capítulo 3: Consejos.

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Acabo de llegar a la ciudad de Ambato. De esta tierra salió una pluma vehemente que atacó sin piedad a una dictadura, de aquí salió el autor de los versos “Los primeros los hijos del suelo” y de aquí salió un tercer Juan cuya historia desconozco. En la terminal de buses estoy parado. La gente va y viene ocupada en sus asuntos. “Suba que nos vamos” grita algún oficial. Una doble avenida se presenta frente a mí con el transito que se acerca al medio día. Unas luces de taxi me hacen juego y niego con la cabeza. “¿Y ahora?” me pregunto junto a un profundo suspiro. No tengo claro para nada qué debo hacer. En otros tiempos el plan era fácil: ir a buscar un hospedaje, dejar el equipaje en un lugar seguro y luego ir a visitar los puntos turísticos de la ciudad pero hoy son nuevos y distintos tiempos. Debo ser sumamente cuidadoso e inteligente con mis decisiones ya que poseo una fuente de recursos finita, muy finita. Por ahora el hambre no ataca así que lo mejor será caminar. ...

Capítulo 1: Insatisfacción.

Insatisfacción, si, insatisfacción. Es una palabra muy adecuada para definir el deplorable estado en el que me hallo ante una realidad abrumadora donde los segundos se han convertido en eternas horas de acero que poco a poco se han ido afilando y cada vez que se mueve el segundero, un eterno tiempo de insatisfacción se clava en mi agónico ser. Lentamente me voy consumiendo por la desagradable sensación de estar perdido en un barco en medio del desierto. Ni porque sea un día agradable como este donde el sol irradia bondadosamente sobre el verde del pasto de aquí, en el parque de allá y al final majestuosamente duerme un coloso llamado Cotopaxi. Lo que todos ven brillante y colorido para mí no es más que opacos matices apagándose con el correr de ese imparable segundero. Este salón tiene la forma perfecta de una celda comunal, de una fosa común de ideas muriendo donde poco a poco voy perdiendo el aliento y un desagradable sabor de derrota me invade la boca. Estas paredes deben ser de p...